La transformación de una nación por medio de la niñez

por Henry A. Duarte

 

Pastor Colegio Interamericano.


Dios escogió la maravillosa historia de Ana para mostrarnos que la oración por un niño puede transformar las circunstancias de un ser humano, eliminar las tragedias de cualquier familia, traer a la existencia hombres de Dios capaces de influir en su sociedad y su mundo y reparar los tejidos de la historia humana, despedazados por la maldad. 

 

Siglos antes, los hebreos que salieron de Egipto y conquistaron la tierra prometida, seguramente descuidaron la educación espiritual de sus niños y, después de la muerte de Josué y su generación, ¨se levantó una generación que no conocía al Señor, ni a obra que él había hecho por Israel¨ (Jueces 2:10). Como consecuencia, por el tiempo de los jueces ¨no había rey en Israel, cada quien hacía lo que bien le parecía¨ (Jueces 21:25); aún el sacerdote Elí y sus hijos carecían de la autoridad moral y espiritual que se requería para ejercer su oficio de mediadores ante Dios. Para colmo de males, ¨la palabra del Señor escaseaba en aquellos días, no había visión con frecuencia¨ (1Samuel 3:1). Fue en ese contexto que una mujer judía se presentó delante de Dios para suplicarle le concediera dar a luz un hijo. 

 

Una oración, una respuesta. 

 

Ana oró, y Dios le concedió un hijo (1Samuel 1:11), al cual le puso por nombre Samuel. Tiempo después relató que: ¨Por este niño oraba, y Dios me concedió lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico al Señor; todos los días que viva, será del Señor. Y adoró allí al Señor¨ (1:27-28). ¨No hay una lágrima que brote de los ojos de una mujer, que Dios no vea¨, reza un adagio judío, y ésta no fue la excepción. Ana oró, y Dios sanó su vientre, trajo a su resquebrajada familia un bebé, levantó un hombre de Dios que restauraría la dignidad del sacerdocio judío, y entregó a la nación un hombre de Dios que desempeño tres roles vitales en favor de su pueblo: juez, sacerdote y profeta. 

 

Un problema, una solución.

 

Nuestro mundo es tan caótico como el de aquellos días: la familia se desintegra, el país carece de gobernantes íntegros. y cada quién vive y hace lo que puede para sobrevivir en una sociedad donde la droga y la delincuencia se agigantan sin control.  El momento histórico lo amerita: se necesitan hombres y mujeres que, Como Ana, clamen a Dios con profunda fe por los niños y niñas de nuestra nación. Aún más: se necesitan madres y padres dispuestos a invertir en sus hijos e hijas todo el esfuerzo necesario para educar el corazón, el carácter, el pensamiento, la voluntad y la conducta de los hijos de nuestra patria. Ana oró por un milagro, y Dios le respondió; seguramente escuchará nuestras súplicas y obrará de la misma forma en nuestro tiempo para transformar nuestra realidad por lamentable que sea. 

 

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